
Por Alexis Candia-Cáceres y Oscar Rosales Neira. Fuente: www.estaciondelapalabra.cl
Aun cuando resulta atractivo plasmar la imagen urbana que proyecta la ciudad, lo cierto es que provoca un efecto agotador en la medida que no sólo es una entidad de profundos misterios y decenas de rostros diferentes, sino también porque es un ecosistema que se renueva constantemente en su identidad y, por lo tanto, en su espíritu; desde el valle del paraíso hasta las quebradas del infierno, segregada, simplemente, por el sutil corte de una navaja. Sin embargo, las dinámicas identitarias son así: procesos en construcción permanente. Esto no quiere decir que las ciudades sean nichos de ambigüedad y medias tintas; son todo lo contrario. Valparaíso está llamado a realizarse a través de la riqueza y diversidad de sus habitantes. Para que se complete el ciclo es necesario que la comunidad porteña tome conciencia de su rol en la construcción de ciudadanía, como entes capaces de hacer historia, manteniendo prácticas cotidianas específicas, tejiendo redes de comunicación e interrelación y dotando de vida y sentido a los espacios que ocupa.
En la búsqueda de nuevos referentes para estudiar la identidad de un pueblo, la literatura se perfila como uno de los espejos más pulcros para reflejar la idiosincrasia de una determinada colectividad. A través de la palabra, los escritores no sólo dan cuenta de impresiones subjetivas que son fruto de reflexiones e ideaciones de un mundo privado, sino que son más bien manifestaciones que, acorde a los elevados niveles de sensibilidad de los creadores, son capaces de conectarse con la fibra íntima del patrimonio intangible de sus comunidades. No sólo retratan los aspectos físicos y materiales de la urbe. También, son capaces de plasmar las formas de interrelación que acaecen en las ciudades.
A la luz de visiones límpidas, sus palabras son capaces de construir testimonios de vida y muerte, de silencios y bullicios, que nos hablan de formas de interconexión propias de las localidades que son blanco de su creación. Conectarse con la magia y el embrujo que despierta la “ciudad esquiva” implica comprender aquellos mitos ocultos de la urbe; entender cómo se reconoce una ciudad que no fue fundada, preguntarse cómo los hombres son capaces de levantarse cuando la tierra estalla en sus entrañas. Eso nos dicen estos creadores, eso nos revelan sus textos que son fusión perfecta de razón y pasión. A través de los prototipos, lugares y situaciones que los autores retratan en las obras, encontramos referentes valiosísimos que nos permiten visualizar momentos de la vida de ciudad; cuando se pone en ejecución el juego de las microprácticas cotidianas que van desplegándose para tejer el vasto entramado de las redes de comunicación. Los autores desplazan a sus personajes por las redes materiales, las observan y valoran a través de ellos, y a la vez viven las relaciones sociales vibrando, junto a sus creaciones ficticias, con todas las costumbres, rituales, mitos y hábitos que conforman los fantasmas urbanos o redes simbólicas de la urbe. Los escritores, como entes conscientes y activos, se insertan en un contexto y tiempo determinado para dar testimonio de su época.
Desde fines del siglo XIX Valparaíso vive uno de sus momentos históricos más intensos y significativos: el auge y ocaso de su economía de ciudad puerto, con sus respectivos coletazos en la vida social y cultural de la época. La literatura, como forma de expresión, también se ve tocada por este proceso histórico que empuja a las plumas de sus representantes a abordar y denunciar temáticas más acordes a los tiempos que corrían. El lapso temporal escudriñado por los textos incluidos en esta edición (1910-2010) resulta clave y preciso para buscar los fundamentos de la identidad porteña: es un tiempo de reflexión, en que los autores analizan la situación haciendo comparaciones con épocas pretéritas, buscando explicaciones para el estado de cosas y estableciendo sus hipótesis para justificar los comportamientos y modos de ser que han llevado a Valparaíso a ser lo que es. La desquiciada vida de los aristócratas que se evaden a través del juego, el sacrificio diario de los más miserables, el amor clandestino y fugaz en medio de una ciudad velada por la nostalgia y el anhelo romántico-decadente de los que perdieron su oportunidad, pueblan las páginas de lo que podríamos considerar el diario de vida de Valparaíso.
Encarar el patrimonio intangible no es sumirse en ideas vagas y fantasiosas. Tampoco implica segregar de la mirada a los componentes materiales. El patrimonio simbólico es el legado que las generaciones que pasan por la urbe van dejando a modo de testimonio, como un espíritu custodio que termina encarnando en objetos físicos que, a la larga, se cargan de sentido. El patrimonio simbólico sustenta, explica y justifica el patrimonio material, que es su manifestación más concreta y próxima. Ambos son el tesoro y la herencia de una cultura que se expresa a través de un ecosistema; en este caso, urbano, como la ciudad.
El Valle del Paraíso se encuentra en el viento, en el mar, en los cerros y las quebradas. Y, evidentemente, en las redes de comunicación que se tejieron con sangre y piel en medio de terrenos imposibles, indómitos, quemados: en tierras que sólo pueden ser alcanzadas por los sueños. Valparaíso siempre encontrará nuevas aguas para navegar su destino.
* Este texto es parte del proyecto Fondo del Libro, Folio 55939, en la Línea de Investigación 2014, titulado “Puerto de nostalgia”. Representación simbólica del Valparaíso de la primera parte del siglo XX”. Investigador responsable: Oscar Rosales Neira.
Por Alexis Candia-Cáceres y Oscar Rosales Neira. Fuente: www.estaciondelapalabra.cl